Datos biográficos

Joaquim Rosselló, un hombre que dejó huella en la "la isla de la calma" (Mallorca) y más allá de ella. Su vocación se diría monacal: amante del silencio y la penumbra, ávido de contemplar el sol en su ocaso y de apaciguar su religiosidad a través de las lágrimas. Y, sin embargo, recorrió la isla de púlpito en púlpito.

En una época en que la predicación se asociaba a la retórica, el P. Joaquim supo contagiar su fuego interior a los oyentes. En un lugar y un momento en que la virtud tenía mucho que ver con el mero cumplimiento de las normas, él fue capaz de suscitar inquietudes espirituales y místicas en las personas que se le acercaron. Y no cayó en la trampa de la cruzada integrista.

Empujado por las circunstancias, fundó una Congregación misionera a la que dotó de la espiritualidad del corazón y del afán de ayudar a la Iglesia local. Su muerte causó impacto en la isla. Puso de manifiesto el prestigio, la virtud callada, la admiración despertada a lo largo de su vida. El Vicario General del momento le calificó como "columna y antorcha de la Iglesia de Mallorca".

Joaquim Rosselló, neosacerdote (1858)

En el acontecer rutinario, animado eventualmente por tercas discusiones políticas, el observador atento detectaba carencias notables. Y observador atento fue Joaquim Rosselló i Ferrá, uno de los grandes personajes eclesiásticos del siglo XIX en Mallorca. El tuvo antenas para percibir los puntos débiles del cristianismo isleño, a la vez que consagró su vida a revitalizar la fe de los mallorquines.

 

Ya de niño dejaba entrever…

El niño y adolescente Joaquim vivía prendado del silencio y la penumbra. O, más bien, de la experiencia de Dios que le facilitaban estas circunstancias. Raros anhelos para un niño que se abría a la vida. En una ocasión, a los cuatro años, su madre lo perdió de vista. Se le aceleró el corazón, salió corriendo de la casa preguntando por su muchacho. Al cabo lo encontró absorto en la semioscuridad de un templo aledaño.

Todo un anticipo de los caminos que andaría a lo largo de su vida. Aunque Joaquim no se contentaba con la soledad ni la oración. Era muy capaz de improvisar un sermón a sus compañeros de juegos hasta hacerles saltar las lágrimas y obligarles a sollozar sin remilgos. Al final se presentaban las respectivas madres para llevarlos de vuelta al hogar, no sin una dosis de preocupación y sorpresa.

De adolescente Joaquim pasó largos momentos ensimismado en sus pensamientos y en sus diálogos con Dios. Le costaba ponerle fin a la oración para iniciar los estudios. Pero sabía muy bien sus obligaciones. Por lo demás, alternaba sin mayores complicaciones la contemplación con la acción. Sería por su liderazgo, por su unción religiosa o por otras razones, lo cierto es que con facilidad se rodeaba de compañeros con los cuales profundizar experiencias de fe. De seminarista y de sacerdote mantendría la misma capacidad para congregar a los jóvenes y contagiarles sus afanes.

Una tía contemplativa, con más buena voluntad que pedagogía, le prestó libros ascéticos inapropiados para su edad. Los consejos de su confesor -«los seminaristas enfermos no sirven a Dios»- le libraron de unas penitencias fuera de lugar. 

Hacia los 14 años encontró al Hermano Trigueros, jesuita, que le hizo mucho bien. Reza su autobiografía: «Dios se valió de él para destetarme del mundo y aficionarme a la perfección».

 

De púlpito en púlpito

No le resultó trabajoso discernir el por qué ni el para qué de su existencia. Como una piedrecita tallada para el muro, él estaba cortado a la medida del ministerio sacerdotal. Daba por supuesto que debía consagrar su vida a Dios por entero y que su misión consistiría en contagiar su fuego interior a los demás. De labios del jesuita Trigueros recogió una frase que repetía con frecuencia: «hay que prender fuego en los corazones».

El camino hacia el sacerdocio presentaba escollos. Ante la escasez de medios económicos, trabajó en oficios manuales. Luego le ayudaron los protectores de su familia, los Gual de Torrella. Estudió como alumno externo del seminario. A los 25 años fue ordenado de presbítero.

A lo largo de su ministerio irradió con intensidad su fuego interior: cuaresmas, triduos, cuarenta horas… Toda circunstancia que le permitiera convencer y animar a sus contemporáneos la aprovechaba con avidez. Jamás rechazaba la invitación a subirse a un púlpito o dirigir la palabra a un grupo de fieles. Hasta la prensa del momento daba fe de sus correrías apostólicas.

El P. Joaquim Rosselló desdeñó las cruzadas integristas, prestas a incendiar la convivencia con mezclas explosivas de sentimientos religiosos y políticos. No era hombre de ideas avanzadas, ciertamente, pero tampoco se permitía pisar la raya de la cordura. Sin ser un pionero del socialismo, que más bien rechazaba a nivel teórico, insistía en contenidos muy evangélicos a propósito de la igualdad y la fraternidad. Gustaba de predicar los versículos del magnificat: «derriba a los poderosos de sus tronos». Atacaba la ceguera de los ricos. Su vivencia personal de la pobreza otorgaba la máxima credibilidad a las palabras que pronunciaba.

Tanto o más que en la predicación descolló el P. Joaquim en la dirección espiritual. Su porte grave y reservado, a la vez que amistoso, invitaba a la confianza y a la confidencia. Se dedicó en cuerpo y alma a esta misión al contemplar y sufrir el espectáculo de la mediocridad en muchos sacerdotes. Abundaba la vulgaridad, la rutina, e incluso la corrupción y el escándalo. No es de extrañar, ya que algunos optaban por el sacerdocio por cuanto constituía una salida airosa en términos sociales. Aunque, desde el evangelio, el ejercicio del presbiterado sin soporte vocacional resultaba catastrófico.

Buena parte de su tiempo lo dedicó el P. Rosselló a la predicación a los seminaristas, al clero y a las religiosas. Incontables fueron las horas que pasó en el confesionario, donde hacían cola laicos y clérigos para escuchar sus palabras firmes, a la vez que comprensivas. Jamás habría osado rebajar los principios, pero sí se comportaba con gran delicadeza en los modales. Los obispos le enviaron a algunos sacerdotes que, por diversas causas, escandalizaron a sus feligreses. El logró sintonizar y hasta trabar amistad con la mayoría de ellos.

 

Contemplativo junto a la ermita

Sant Honorat (Randa -Mallorca-) en tiempos de la fundación (1890)

El P. Joaquim Rosselló andaba deseoso de contemplar las maravillas de Dios en la naturaleza, de saborear la gracia cristiana en el corazón y de rumiar los tesoros del patrimonio litúrgico. No menos ansiaba espacios para la oración mental y la reflexión distendida. Desde pequeño intuyó que por tales caminos debía transitar. Más de una vez pensó seriamente en ingresar a una Orden contemplativa. Por largos años se lo impidieron las atenciones que debía prodigar a su madre. Pero el afán contemplativo siempre permaneció latente.

Tras varios años del fallecimiento de su progenitora decidió dar el paso. Sin embargo, el obispo contaba con él para la restauración del clero diocesano. Aconteció un firme forcejeo. El P. Joaquim se retiraría a la ermita -de gratos recuerdos lulianos- situada en la montaña de Sant Honorat. Allá gozaría de silencio y de paisajes adecuados para nutrir sus ansias contemplativas. A cambio se le encomendaba la renovación del clero a través de ejercicios espirituales, predicaciones y diálogos personalizados. E incluso tendría que bajar al llano para proseguir el ministerio de las misiones populares que tan a fondo conocía.

La empresa renovadora que se proponía el Obispo, Jacinto María Cervera, necesitaba de alguna institución como garantía de solidez y duración. El P. Joaquim fue exhortado a convencer a alguna Congregación religiosa para que fundara en lo alto de la ermita. Posteriormente, él mismo se incorporaría a la misma, con el fin de realizar los planes episcopales. Una y otra vez fracasó en el objetivo.

A la postre tuvo que ponerse personalmente al frente de una nueva Congregación. Le otorgó el título de Misioneros de los Sagrados Corazones y una espiritualidad a la que había dedicado ya muchas energías en los años precedentes. Recordó entonces que su acompañante, Hno. Trigueros, le había vaticinado el acontecimiento. Fundador sin escapatoria. «Obra de Dios y no mía…»

Medallón del Coro de Sant Honorat que inspiró el título de la Congregación

De nuevo, los planes del obispo…

Todo el gozo del reciente fundador se derrumbó en el pozo de la decepción cuando, antes de cumplirse el año, el obispo -hombre más impulsivo que planificador- contaba con el P. Rosselló para menesteres que consideraba de mayor urgencia. Ahora le instaba a dirigir el santuario de Lluc. Una institución de sabor mariano cuyos orígenes se perdían casi en la noche de los siglos. El santuario, por asociación de ideas, llevaba a pensar en peregrinos, escolares cantores vestidos de azul (blavets) e intenso culto mariano. Pero también en sujetos que buscaban aventuras lejos de los ojos familiares.

Jacinto María Cervera y Cervera, Obispo de Mallorca (1886-1897), con la Imagen de la Virgen de Lluc, Patrona de la Congregación

Había que devolver el lugar al esplendor de sus mejores tiempos, iniciar una nueva serie de priores celosos y poner punto final a los desfalcos administrativos. Por supuesto, urgía terminar con los alborotos y escándalos. Al P. Joaquim le costó sudor y sangre despedirse de los parajes por los que tanto había suspirado y por el estilo de vida que tanto ansiaba. Además la orden del obispo parecía incompatible con el fin esencial del Instituto recién fundado. Turbado y perplejo, recurrió a su expresión favorita: «dejar hacer a Dios».

Pero en Lluc conseguiría casar su nueva tarea de Prior con las múltiples actividades en que se veía envuelto, con la predicación de ejercicios espirituales al clero y hasta con un talante un tanto contemplativo. Por ahí respiraba la herida de su vocación. Cumplió, en todo caso, con la misión encomendada. Los alborotos dejaron paso a un ambiente de piedad y unción, levantó nuevas edificaciones, encauzó favorablemente la administración.

Tras diez largos años de priorato, una vez fallecido el obispo, el P. Rosselló pasó por circunstancias penosas que posiblemente intensificaron su diabetes y le llevaron a la tumba. Tuvo que enfrentarse a lo que consideró una clamorosa injusticia: la desamortización de los bienes del santuario lucano. Envejecido y apenado, tras escribir sus recuerdos biográficos y fundacionales, se retiró a la reciente fundación de La Real.

Murió apaciblemente el 20 de diciembre del año 1909. Sus restos fueron depositados en el cementerio de Palma y posteriormente trasladados a la Iglesia de los Sagrados Corazones. Una lápida rescata la expresión de Mossen Alcover, personalidad diocesana de gran envergadura: «El Siervo de Dios Joaquim Rosselló i Ferrá, columna y antorcha de la Iglesia de Mallorca».