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Nuestros carismas

   

Hay misioneros en las tierras frías y desapacibles de la Patagonia. Los hay en las tierras cálidas del Caribe. Algunos andan sujetos al horario de un colegio como quien se sujeta al surco de la tierra de sol a sol. 

Otros estimulan sus afanes creativos y generosos a fin de que la siembra (la predicación, la dirección espiritual, la promoción) no se eche a perder por falta de credibilidad.

 

Un ministerio que la Congregación cultivó con fervor en sus primeros años y que hoy trata de rescatar, adecuándolo a los tiempos y circunstancias, es el de las misiones populares.

Casi unas doscientas se predicaron en la isla de Mallorca. Los ejercicios espirituales, particularmente a clero y religiosas, ha sido otro ministerio apreciado y heredado del Fundador.

Luego se han asumido numerosas parroquias. Las circunstancias han propiciado que éste sea hoy día el ministerio más común entre los congregantes. Aunque no faltan voces que desearían revisar a fondo este hecho.

 

    

La enseñanza en los Colegios ha ocupado a un número notable de congregantes. Madrid y Valencia son los colosos de la enseñanza. Pero hay otros colegios en Barcelona, Sóller y, de carácter parroquial, en Puerto Rico. Han escaseado las vocaciones para este ministerio en los últimos años. Se está buscando la manera de que prosigan los ideales cristianos y congregacionales incorporando a laicos amigos, confiables y competentes.

 

Los seminarios y la enseñanza de la teología han sido objeto del trabajo realizado por varios congregantes. Durante unos años dirigimos el Seminario de Río IV, en Argentina, con buenos resultados. Luego, en Centros de Teología de varios países, ha habido Misioneros de los Sagrados Corazones que, incorporados al claustro de profesores, han trabajado en la formación teológica y humana de seminaristas o estudiantes laicos.

   

 

El rostro de la Congregación

En los archivos de la Congregación reposa un documento del año 1970 en el que los representantes elegidos para evaluar y programar plasmaron algunas de sus impresiones e inquietudes. Tienen un especial interés dado que por entonces se renovó el Instituto tal como lo pidió el Vaticano II. El transcurso del tiempo ha dado mayor validez a aquellas palabras. 

Dicen así: "empezamos con una pública aceptación de nuestro humilde instituto. Somos pocos e insignificantes; estamos pasando, además, una serie crisis de crecimiento. Pero creemos que Dios ha puesto su carisma en nuestras manos como el granito de mostaza de que hablaba el obispo el día de la fundación. No nos avergonzamos de sus limitaciones. Y rehusamos los desmesurados sueños de grandeza que nos impiden afrontar el presente con valiente realismo".

Con este talante nos disponemos a trabajar por el Reino. El hecho es que la crisis de la Congregación anda bien arropada por la  de la Vida Religiosa en general. De manera que apenas vislumbramos el sol por entre los nubarrones. Por doquier se habla de refundación y de rescatar el carisma original. Pero se complican las cosas cuando hay que moverse en un ambiente de  secularismo rampante. Los medios de comunicación parecen tener cerrado bajo siete llaves el nombre de Dios. La frivolidad, el dinero y la publicidad se empeñan en usurpar todo el protagonismo.

La vida religiosa no acaba de encontrar el norte. Claro que las bienaventuranzas siguen ahí invitando a un corazón limpio, manso y humilde. Permanecen ahí las exhortaciones en pro de la justicia y a vivir como buenos samaritanos. El seguimiento de Jesús no pasa de moda, es muy cierto, aunque la atmósfera se haga irrespirable por momentos. Como fuere, nos agarramos a la esperanza y confiamos en que Dios siempre es mayor que las dificultades ambientales y las previsiones humanas.