Con el corazón en la mano (bloc msscc)

 

 

 

11 octubre 2007

 

 

 

Los mártires del Coll nos enseñan a pasar de perdonar a pedir perdón

 

 

 

 

(Peregrinación de la Delegación de la Península Ibérica al Santuario del Coll: 1 mayo 2007)

 

 

I.- El perdón a los enemigos

 

En la presentación que hicimos el año pasado, durante la semana de Artajona 2006, concluíamos nuestras reflexiones sobre el mensaje que nos dejaron nuestros mártires con el recuerdo del P. Miquel Pons, caído en ademán de perdonar. Recogíamos este mensaje, que ha de ser una profecía en medio de nuestro mundo envenenado y desangrado por las guerras y los terrorismos diarios.

 

Es un mensaje que nos legó el primer mártir, Jesús, seguido por el protomártir cristiano, San Esteban.

 

Por esto, la historia del martirio cristiano está radical e indisolublemente vinculada al perdón.

 

En el último quinquenio de la vida de San Agustín, éste predicó diversas veces sobre el martirio de San Esteban cuyas reliquias se habían encontrado, hacia el año 416. Una parte de las mismas llegaron a África, mediante el presbítero hispano Orosio. Algunas las piezas oratorias de San Agustín han llegado hasta nosotros, y se pueden leer con facilidad[1]. El lema o título que les ha asignado el editor suele ser éste: "El amor a los enemigos", y no suele faltar el comentario a Hechos 7,58-59: "Recibe mi espíritu. No les imputes este pecado".

 

En el sermón 315,2 el obispo de Hipona recalca la semejanza que existió entre la pasión de Esteban y la "de su Señor y Salvador"[2]. Sus reflexiones   son agudas e instructivas. Según el libro de los Hechos, sabemos "cómo fueron elegidos y ordenados por los apóstoles los siete diáconos, entre los cuales estaba San Esteban. Los primeros fueron los apóstoles, siguiéndoles los diáconos; pero los diáconos contaron con un mártir de entre sus filas antes que los apóstoles; la primera víctima fue tomada de entre los corderos, no de entre los carneros"[3]. Comparaciones atrevidas, pero llenas de sentido.

 

Agustín nos transmite una enseñanza profunda, que relativiza la situación eclesiástica de las personas, mientras absolutiza el testimonio de amor. Lo más importante no es ser apóstol, sino dar la vida por Cristo.

 

El obispo sigue comparando el martirio de Cristo y el de Esteban. El primero quiso callar y el segundo prefirió hablar. ¿Por qué? Porque Jesús debía cumplir la profecía, según la cual sería llevado al suplicio como una oveja (Is 53,71); Esteban, en cambio, daba cumplimiento al mandato de Jesús: "Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz" (Mt 10,27).

 

Amparados por esta libertad exegética del hiponense, nosotros meditamos como el silencio de nuestros mártires y su ademán de perdonar está lleno de contenido para la convivencia entre los pueblos, cuando nos hallamos en los albores del s. XXI. A nosotros nos corresponde verter este silencio en forma de comprensión y de perdón.

 

 

II.- Nuestros mártires fueron como corderos llevados al matadero (Jr 11,19)

 

Una primera profecía del estilo del martirio de nuestros hermanos es la manifestación de la mística de la mansedumbre, de la paciencia, del silencio, del testimonio callado, del ser testigos. Profecía que dignifica al testigo e interpela la libertad de quien lo contempla, sin obligarlo a nada y con la posibilidad de atraerlo a todo.

 

Por otra parte, todos tenemos no sólo la posibilidad de hablar, sino que hemos recibido la misión de predicar. En esto hemos de imitar a Esteban. Pero las características de nuestro mensaje han de provenir de Jesús, que nos recuerda que él es de corazón bondadoso y manso (Mt 11,29).

 

Nuestra contemplación carismática del mundo, agresivo y competitivo, nos ha de llevar al entorno de Jesús, y a tomar una clara postura evangélica.

 

En consecuencia, no es posible que dominen en nosotros las tradiciones mundanas, que nos hacen propensos a tomar venganzas, a gritar y hasta a proferir agresiones verbales, en una supuesta defensa de la Iglesia. Jesús y Esteban excusan a sus perseguidores. "No saben lo que hacen" (Lc 23,34).

 

Tampoco podemos guiarnos por nuevos mandamientos, que introducen tensión y a veces oposición entre pertenencias irrenunciables, como son ser cristiano o argentino, dominicano, español, gallego, catalán, rwandés, congoleño, camerunés, nigeriano, etc.

 

Son falsas alternativas si plantean optar entre Cristo y una etnia, sea ibérica, etón, hutu o maya. Son dilemas pecaminosos, porque cada forma de la humanidad proviene de la misma mano de Dios, que proclamó que toda persona era buena (Gn 1,31).

 

La humanidad ha introducido muchas discriminaciones, las diversidades, en su mayor parte, son creacionales. De aquí que la Congregación hoy, en una humanidad cada vez más globalizada, ha de sentir la urgente llamada a crear operativamente nuevas formas de vivir, que integren la diversidad dentro del mundo. En efecto, la identidad cristiana nunca sacrifica la identidad de los pueblos (LG, 13).

 

Éste es un problema que tiene enorme actualidad, debido al galopante proceso de globalización.

 

Posiblemente todavía no hemos sacado las consecuencias prácticas del proceso de implantación de la Congregación en diversos países, tan diferentes y problemáticos. Todo este proceso vocacional nos implica en una modernización de nuestra mente y de nuestra forma de relacionarnos, de nuestro vocabulario y de nuestra forma de convivencia.

 

Es en estas circunstancias que hemos de ser testigos silenciosos de la bondad creadora de Dios, de manera que manifestemos con nuestro respeto, nuestra admiración y nuestro cariño por los demás, con todo lo que esto significa cultural y socialmente, que nos perdonamos y nos dejamos perdonar.

 

 

Ser religiosos en un mundo en transformación: una responsabilidad histórica.

 

Formamos la nueva congregación, que arraiga en países lastrados por una conflictividad étnica agravada con la injusticia económica.

 

Y en estas circunstancias corremos el riesgo de movernos con esquemas mentales anticuados. La experiencia va demostrando que, a medida que vamos leyendo más, informándonos más, nos hacemos personas más capaces de comprender. La historia de nuestros mártires y de tantas víctimas de entonces y de otras situaciones violentas e injustas no se tejió exclusivamente en blanco y negro. Las víctimas tuvieron verdugos directos e indirectos. Porque si por una parte es bien cierto que los responsables de un asesinato son los que empuñan y matan con un arma, no obstante nadie llega a este momento de iniquidad sin un proceso anterior, que nunca justificará el crimen, pero que nos hará entender por qué vías estas personas llegaron a tal extremo.

 

Un exponente de esta situación lo encontramos en el jefe de una patrulla de la FAI, que registró el Casal de la Visitació, en "L’Ametlla del Vallès" (Barcelona). Allí predicaba ejercicios el P. Alfons M. Thió Rodés, S.I. Aquel joven miliciano entró en la sacristía

 

y al ver colgado en la pared un crucifijo, exclamó: ¡Tan bueno como eras tú y tan malos como son los que te siguen!.

 

El P. Thió pasó la noche escondido en el bosque, preocupado por su vida, pero meditaba:

 

Era evidente que la nueva sociedad que surgía en aquellos días rechazaba de una manera rotunda y decidida a Jesucristo y a sus ministros. Me preguntaba yo: ¿rechazan a los ministros por causa de Jesús, o rechazan a Jesús por causa de sus ministros? La primera tesis es muy halagüeña, pero la segunda es también posible, y en el rechazarla de plano ¿no habrá nada de fariseísmo?[4]

 

Que para asesinar a nuestros mártires bastara el hecho de que "eran religiosos", debe hacernos pensar. Cómo fue posible que ser religioso mereciera ser causa de muerte. ¿Por qué caminos se había llegado desde el reconocimiento social, a la condena a muerte? ¿Qué había pasado?

 

No es ahora el momento de recomponer la historia de estos antecedentes. Sino que hemos de entrar por un proceso más simple y comprensible.

 

Hemos de hacer un ensayo de ponernos en el lugar del otro (de los asesinos), para leer el drama de su vida y de la de sus padres, vecinos, compañeros de trabajo, etc.

 

Podemos intentar recrear el lenguaje tabernario, en el cual entren a colación las humillaciones, agresiones, e injusticias de terratenientes y empresarios amigos de los obispos o de los abades y provinciales religiosos. Metámonos en el comité de trabajadores explotados, porque se les chupa la sangre año tras año, generación tras generación, y cuando se busca una forma sindical para proceder a las reivindicaciones que justifica hasta la Rerum Novarum, un patrono católico las aborta.

 

Intentemos acercarnos a los medios en los cuales la mortalidad infantil es alarmante, y al lado de posibles soluciones, que vendrían de unos salarios más justos, los mencionados católicos, patrocinadores de monumentos religiosos, y subvencionadores de colegios o de fiestas patronales, escatiman aquello que es justo.

 

Podríamos describir más crudamente estas situaciones. Pero no interesa despertar sentimientos ni emociones, sino solamente indicar algunos caminos para ponernos en el lugar de los asesinos.

 

Este proceso es importante, porque en los siglos XIX y XX, concretamente, muchos cristianos, de todos los estamentos y de todos los ministerios, eran cómplices públicos de un desorden social y político, que desató revoluciones.

 

El grave problema consistía en que mientras masas innumerables querían llegar a las algarrobas del hijo pródigo, unos representantes de Cristo en la tierra, situados por doquier, las hurtaban y preferían que sirvieran para alimentar otros puercos.

 

Mientras el fondo de las reivindicaciones estaba en los estómagos vacíos, con los pulmones tísicos, muchos eclesiásticos encendían grandes disputas sobre los derechos de la Iglesia y los privilegios de los eclesiásticos.

 

En situaciones populares, en las cuales sobreabundan las carencias, es muy fácil caer en la tentación de buscar o de aceptar los privilegios. Y esta forma de ser religiosos comienza a anudar la cadena de marginaciones que van padeciendo las masas creyentes e inocentes, hasta que esta credulidad se transforma en resistencia y venganza. Aceptar privilegios es antievangélico.

 

Volviendo a nuestros mártires, hemos de reconocer que es cierto que surgió el marxismo ateo. Se jugaba la causa de Dios. Pero también este movimiento radicaba en situaciones de injusticia establecida.

 

Esto no obstante, a nuestros mártires no los tocaron los comunistas, digamos convencionales. Éstos fueron responsables de muchos crímenes, pero en otros lugares y en otros momentos. A los mártires del Coll los prendieron y asesinaron los comunistas anarquistas. Y, considero que ha llegado el momento de que intentemos, desde un corazón semejante al de Cristo, acercarnos a aquellas personas, de modo que comprendamos cuáles fueron sus móviles, aunque sea para condenarlos, pero salvando sus personas, y entendiendo una parte de su causa. El gesto del P. Pons que muere trazando el signo del perdón, sigue profetizando sobre nosotros, al cabo de más de 70 años.

 

 

III.- Pedir perdón a los enemigos

 

En consecuencia, en el caso de nuestros siete mártires, estamos persuadidos de que lo fueron porque eran religiosos; pero fueron martirizados dentro de un contexto en el que el catolicismo no era indiferente a aquella organización social, entonces declaradamente injusta.

 

a) La santidad de la Iglesia está siempre en vilo

 

En el Credo confesamos que la Iglesia es santa. Esta expresión no es meramente teórica ni formal. Refleja una realidad.

 

Por ello, no podemos salvar la santidad de la Iglesia repitiendo que su fundador es santo, que la palabra y los sacramentos son santos, y muchos de sus miembros también. Con esto estamos rehuyendo la llamada a la santidad que cada uno recibe en el bautismo. Sólo por ser bautizados somos santificados, santos y destinados a la santidad.

 

Los misioneros de los SS. CC. no podemos trivializar la confesión de fe. Como no podemos cambiar el credo, surge el imperativo de cambiar la vida, la comunidad.

 

b) Nuestros mártires lo fueron como víctimas de provocadoras disonancias entre Evangelio y vida.

 

Jesús y Esteban eran los primeros en la historia de la Iglesia. Sus acusadores no lograron aducir motivos para su condena. Pasados XX siglos, una sociedad informada, crítica, que se considera adulta, se siente capaz y facultada para juzgar el pasado de todas las instituciones. Que esta sociedad, que al fin y al cabo es la nuestra, sea la última instancia para dar un veredicto definitivo es una cuestión muy diferente, y como ciudadano y como creyente, considero que no. Sin embargo, cuando socialmente se juzgan determinadas instituciones, entre otras la Iglesia, un mínimo de coherencia ha de llevar a preguntarnos por la parte de razón que tendrán los otros, algunos muy fieles de la misma Iglesia.

 

Esta inquietud pertenece al patrimonio evangélico, que nos advierte de que ninguno está libre de pecado, y que el justo peca hasta siete veces al día.

 

Esta conciencia de la posibilidad y de la realidad del pecado pertenece al Padre nuestro y a la institución de la Eucaristía, y a su celebración.

 

La teología patrística, precisamente porque se inspiraba en el Padre Nuestro y en la Palabra liberadora de Dios no fue muy recatada, a la hora de reconocer el pecado de la Iglesia. Es muy conocido el teologúmeno de la Casta meretrix, estudiado por Hans Urs von Balthasar, Yvès-M. Congar, Karl Rhaner, etc.

 

Los Padres estaban libres de complejos históricos, y de ambiciones de poder, por lo cual fueron muy valientes, cuando repetían que ni los santos están libres del pecado de cada día[5], y el Vaticano II, en diversos pasajes (Lumen Gentium, 8,3; Unitatis Redintegratio, 3,5), reconoció la existencia de pecado en la Iglesia Santa.

 

A menudo, cuando se ventilan asuntos de la Iglesia, pretendemos que nos traten como a los demás. Y esto es irrenunciable en determinados aspectos; pero en otros no. No podemos nivelarnos, cuando se nos pide que perdonemos, porque hacerlo sería renunciar a lo más original del Evangelio.

 

No podemos nivelarnos, cuando sentimos la tentación de agredir, de acusar, de insultar.

 

La tentación de mundanizar el cristianismo y nivelar la Iglesia con las demás instituciones es muy fuerte y se manifiesta cuando pedimos que nos traten como a los demás. "No sois de este mundo, aunque estéis en este mundo". Ahora bien, Jesús repite que hemos de seguir otros modelos: "entre vosotros no ha de ser así".

 

Las bienaventuranzas nos encaminan por otros derroteros: "Ay, cuando digan bien de vosotros" (Lc 6,24-26).

 

Sabemos que esta nivelación es patente para millones de radiooyentes o lectores de determinada prensa.

 

c) Una nueva vía para la santidad de la Iglesia: la oposición a la iglesia del poder, de la prepotencia, para compartir con el pobre.

 

No sólo el Evangelio y los Padres de la Iglesia fueron coherentes. También, si pasamos a la historia que nos ocupa, no podemos ser tan superficiales e ingenuos, que creamos que nosotros somos los que con nueva perspicacia y con la distancia que nos brinda el tiempo transcurrido hayamos realizado análisis más serenos y mejor fundamentados, que antes de 1936.

 

No se trata de eso, sino que ya entonces aquella situación era combatida por cristianos, comenzando por los papas, algunos obispos, muchos religiosos y religiosas. Ya cité, el año pasado como la alfabetización alcanzó altas cotas en Guipúzcoa, Girona y Mallorca, gracias a las nuevas congregaciones religiosas, y cómo la mortalidad infantil bajó a niveles equiparables a los de centro-europa en Mallorca, gracias a la higiene que introdujeron estas instituciones.

 

Las formas de oponerse eran diversas. Hasta muchas maneras de trabajar contra la injusticia eran poco conscientes, pero bien reales. Es lo que Paul Preston califica de

 

factores subversivos relacionados con la misión de la iglesia hacia los pobres. Los religiosos y religiosas que se ocupaban del enfermo, instruían al ignorante, alimentaban al hambriento, vestían al desnudo y visitaban al preso se comportaban de modo subversivo a los ojos de la jerarquía eclesiástica. Sin embargo, esto no salvó a muchos de ellos de la muerte a manos de los anticlericales, durante la guerra civil[6].

 

En efecto, no siempre hemos evaluado el alcance social de nuestras obras, de nuestras posturas y de los signos que emitimos en la predicación, en la enseñanza, y hasta a través de nuestra presencia exterior, sea de los lugares o de los edificios, o de nuestro modo de vestir.

 

Una de las maneras de emitir estos signos fue la que se propusieron determinadas congregaciones dedicadas a la enseñanza popular y a la asistencia de los enfermos y ancianos o niños pobres. Otras veces las formas eran bastante clarividentes. Hasta ya habían denunciado aquel desorden determinados sectores carlistas, y lo combatían grupos de la nueva falange.

 

Es importante no perder de vista estas realidades, si no queremos ser los últimos en informarnos de lo que pasó. Una política determinada, que se apoyaba en el daltonismo, no puede vendarnos los ojos. No corresponde a la realidad que todo fuera o rojo o azul. Todo fue más complicado, y las colaboraciones con uno u otro bando más declarado dependieron de las circunstancias y de las posibilidades de sobrevivir, o de perder lo menos posible en el campo de las convicciones.

 

En consecuencia, cuando nos situamos ante estos mártires, es difícil no sentir una cierta complicidad.

 

Existen dos posibles formas de ser cómplices. Una, la que nos hace entender a los martirizadores, porque descubrimos en ellos una ambición de justicia y a veces hasta el deseo de que la Iglesia fuera de otra manera. Esta iglesia diversa la reclamaban aunque fuera con medios injustos, cuando confundían la opresión con el cristianismo. Asesinando a los cristianos, buscaban lo que era fundamental en el Mandamiento Nuevo. Otros sabían distinguir opresión del cristianismo, por esto los hubo que deseaban el cristianismo, pero no aquel que conocían.

 

La otra complicidad puede aproximarnos a los que eran realmente opresores, a los que defraudaban el salario justo, que los catecismos tradicionales declaraban como pecado que clamaba venganza al cielo, pero al mismo tiempo eran personas de comunión diaria, benefactores de monasterios, parroquias, seminarios, colegios y hospitales. Esta complicidad puede manifestarse hoy si nos declaramos inconmovibles ante las grandes injusticias entre continentes, países, razas. Si no sentimos la quemazón por la organización insolidaria de nuestro mundo, no sabemos lo que hacemos. No nos condenemos unos a otros; hemos de comprendernos, pero también hemos de ayudarnos fraternalmente a desengancharnos de quienes cultivaron el campo del cual emanaron las revoluciones.

 

d) Una nueva vía para la santidad de la Iglesia: La cordialidad, que sabe pedir perdón.

 

Ante esta historia tan sumaria y hasta simplista, como miembros conscientes de la Iglesia, como pertenecientes a una Congregación misionera, hemos de sentir una responsabilidad colectiva, no tanto para fomentar un enfermizo sentimiento de culpabilidad, cuanto para recomponer nuestro mundo, para rehacer las relaciones la nueva humanidad, a partir de la nueva cordialidad.

 

Hubo una forma de ser Iglesia intransigente, que no dimana del Corazón de Jesús ni de la imitación de su Madre.

 

Contra la santidad de la iglesia iban las flagrantes injusticias sociales mencionadas, y a menudo amparadas por altos eclesiásticos.

 

Contra la santidad iba la intoxicación que practicaban bastantes clérigos, ya en los albores de la II República, de que la Iglesia era perseguida[7]. De hecho, era previsible el recorte de privilegios, pero no la persecución.

 

Contra la santidad de la Iglesia fueron unas palabras del cardenal Isidre Gomà, en el Congreso Eucarístico de Budapest, de 1938:

¡Nada de mediación, nada de reconciliación: la victoria por el filo de la espada![8]

 

Por la nueva cordialidad, los Misioneros de los SS. CC., hemos de pedir perdón por estas manifiestas contradicciones con el Traspasado, de cuyo costado brota sangre para la Nueva Alianza y el de todos los pecados. También de los nuestros.

 

Los odres nuevos no podemos fabricarlos con actitudes viejas. El vestido nuevo ha de ser el del pedir perdón en nombre de la vida religiosa y de la misma iglesia, de todo aquello en lo cual hayamos podido contribuir a que la imagen de Jesús samaritano, evangelizador de los pobres, perdonador de pecadores quede desfigurada por ambiciones de grandeza social, deseos de aliarnos con los bienpensantes fríos con los pobres e ignorantes y de hacer causa común con los honrados ciudadanos hostiles a la algarabía policroma de los inmigrantes. La familia emigrante de Nazaret no podría retornar a nuestras comunidades, porque en sueños recibiría el aviso que sería mejor acogida en otros ambientes más cordiales.

 

La espiritualidad del corazón no queda estancada. Por esto, nuestro encuentro en esta casa en la cual pasaron sus últimos años nuestros mártires, queremos renacer a una nueva vida en Cristo. No nos basta lo que hemos caminado con Él.

 

En primer lugar, queremos imitar a Zaqueo. El devolvió multiplicado lo que había defraudado. Nosotros al menos queremos compensar aquello que con facilidad podríamos haber dado a nuestra sociedad, como es un testimonio más claro a favor de la justicia, una transparencia más diáfana de que sobre todo nos interesa la causa de Cristo, con preferencia al poder y a las amistades que nos han distanciado de nuestros barrios más pobres, de nuestros feligreses más sencillos y carenciados, de nuestros alumnos menos dotados, de nuestros hermanos menos agradables.

 

Ante la morada de nuestros mártires, la nueva cordialidad misionera nos interpela, y nos propone meditar las consecuencias del mensaje evangélico: "Si cuando presentas tu ofrenda ante el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna cosa contra ti, deja la ofrenda ve primero a reconciliarte con tu hermano, y luego volverás a presentar tu ofrenda" (Mt 5,23).

 

Cualquier observador se percata que en nuestra sociedad la Iglesia es una de las instituciones menos valorada. No se trata de que nos acomplejemos y olvidemos la enorme aportación que la Iglesia hace a la convivencia, a la reconciliación, a la educación, a la salud e higiene de los pueblos. Posiblemente sea la institución mundial más efectiva en estos campos. Pero, la realidad es que millones de hermanos tienen algo contra la Iglesia, que también y gozosamente somos nosotros.

 

Entonces, el Evangelio nos pide una reflexión, para darnos cuenta de lo que nos arguye nuestro hermano. Muchas veces habrá alguna razón. No seamos simplistas y expeditivos, de forma que nos despreocupemos de estas interpelaciones. La antropología del corazón nos invita a ahondar en el análisis de las dificultades de la convivencia, dentro de la Iglesia, que a veces transcienden y escandalizan.

 

Llegados aquí, tomamos conciencia de que existe una dura tensión entre la santidad dada, recibida, la bautismal, la sacramental, la que el Espíritu ofrece en cada uno de los sacramentos, y la santidad vivida, mostrada, atestiguada.

 

Experimentamos que en nuestra vida cotidiana marcamos una gran distancia entre lo que rezamos en los salmos, lo que proclamamos en la Palabra, y nuestra vida y hasta en la vida de los cristianos. Y es ahí donde se juega existencialmente nuestro credo.

 

Rezamos que tenemos sed del Dios vivo, pero podemos omitir la Lectio divina y atropellar salmos y lecturas.

 

En tiempo pascual rememoramos las características de la comunidad primera, pero podemos obviar el sentido comunitario de la Congregación, podemos evitar la comunión de fe, podemos escamotear la comunión de bienes, podemos impedir la comunión eucarística, que podría expresarse en alguna celebración comunitaria periódica.

 

Proclamamos que hemos de perdonar setenta veces siete, y a los setenta años de la guerra, no siempre tenemos la serenidad de espíritu para asumir que las violencias fueron muchas, con muchos orígenes, y que las sumas finales que se conocen elevan el número de los asesinados o juzgados sumariamente a una cantidad mayor en el bando del alzamiento, que en el de la República.

 

Aclamamos que la sangre de Cristo ha sido derramada por la Nueva Alianza, y discriminamos a inmigrantes, a prisioneros, a terroristas, y hasta podemos desearles la muerte.

 

Celebramos Pentecostés, y no toleramos la menor diversidad eclesial, social, política... Admiramos el don de lenguas, como signo de universalidad, y nos molestan hasta las modalidades del mismo idioma, de otra región o país. No hablemos si hablan otra lengua.

 

Repetimos las palabras del envío de Jesús a todo el mundo, mientras nos cuesta pasar de una casa a otra.

 

Leemos que no salgan malas palabras de nuestra boca, pero podemos gritar contra quienes piensan de modo diferente del nuestro, y hasta tenemos la valentía de obligarlos a que callen, o manejamos un vocabulario soez que fatiga.

 

Pablo nos recuerda la máxima de Jesús: "Es más feliz quien da que el que recibe"; pero no logramos implicarnos en la obra social de la Congregación, sea a través de la Procura de Misiones, o mediante la Fundación Concordia.

 

Cada año en la Vigilia Pascual celebramos y proclamamos que Dios creó el cielo y la tierra, y la humanidad, no a unos pocos. Sin embargo, no nos inquietamos mucho en descubrir qué parte de responsabilidad nos corresponde en el proceso de destrucción de la naturaleza, a favor de una minoría. Posiblemente a veces ni queremos mencionar el problema en la predicación, que hacemos desde una Congregación que proclama que se ocupa del corazón.

 

Un corazón puro tiene la capacidad de averiguar dónde, porqué, cómo, tantos millones de personas se van alejando de las expresiones eclesiales del cristianismo. Algo pasa. Algo nos atañe. De este algo, también hemos de pedir perdón, antes de acercarnos al altar.

 

Si queremos seguir siendo personas profundas, con interioridad, el mensaje cristiano nos ayudará a jugar nuestras vidas por los injustos. El Nuevo Testamento es bien claro en proclamar que Jesús, el inocente, murió por nosotros, pecadores.

 

Y en la carta a los Rm 5,5-7, nos interpela al recordarnos que si difícilmente hallaríamos a alguien dispuesto a morir por un justo, esto no obstante, Cristo se entregó por los injustos. Nosotros, salvados y reconciliados, no siempre mantenemos la calidad de esta justicia. Por eso, puede tener sentido reconocer nuestra incoherencia, y también suplicar el perdón de la gran comunidad y del mismo mundo. También el perdón de aquellas personas que asesinaron a nuestros hermanos.


 

[1] Sermones, 314-319, en Obras completas de San Agustín, XXV: Sermones. (5º), 273-338. Sermones sobre los mártires. (Traducción y notas de Pío de Luis, BAC 448, Madrid, 1984, pp. 590-628.

[2] BAC 448, p. 594.

[3] Sermón, 315,1, BAC 448, pp. 593-594.

[4] Hilari Raguer, La pólvora y el incienso. La iglesia y la guerra civil española (1936-1939), (Historia, ciencia, sociedad, 309. Ediciones Península), Barcelona 2001, pp. 217-218.

[5] Agustín, Serm., 171,5,7, PL, 38,982.

[6]Prólogo”, a Hilari Raguer, La pólvora y el incienso, p. 17.

[7] Paul Preston, “Prólogo”, en Raguer, La pólvora y el incienso, p. 17.

[8] Según. la versión aproximada de Carles Cardó, El gran refús, El capítol VIII (inédit) del llibre Les dues tradicions. Historia espiritual de les Espanyes, Presentació de Ramon Sugranyes de Franch, (Daus, 139.- Editorial Claret), Barcelona 1994, p. 69.

 

 

Josep Amengual i Batle, msscc