Con el corazón en la mano (bloc msscc)

 

 

 

10 mayo 2007

 

 

 

LOS  MÁRTIRES  DEL  COLL

Pasión y muerte

 

 

 

 

El conflicto estalló y Barcelona resultó el escenario más encarnizado de la lucha. El P. Francisco Reynés, al frente de la Casa del Coll, temió por su vida y la de los suyos. Decidió que urgía salir cuanto antes de la Casa-santuario.

 

Él se trasladó a una casa del centro de la ciudad.  Los PP. Simón Reynés y Miguel Pons, junto con el Hno. Mayol, transcurrieron largas horas en el huerto de una tienda cercana llamada El Pagès. Por su parte, el Hno. Pablo Noguera se había refugiado en la Torre Blanca, donde le esperaban mayores angustias y brutales torturas.

 

El martes 21 aparece en la crónica martirial que nos ocupa una señora solidaria, generosa, valiente y desinteresada: Doña Prudencia Cañellas. Sabiendo muy bien lo que significaba albergar a los sacerdotes en su casa, les ofreció su residencia, Torre Alzina.  Creyó la señora que, al estar situada a mayor distancia del templo que la tienda donde estaban, ello garantizaría mejor la seguridad de los religiosos.

 

En su nuevo refugio continuaron su ministerio sacerdotal en circunstancias especialmente graves. A lo largo de estas angustiosas horas recurrieron frecuentemente a la oración. Y en la última celebración eucarística del jueves quisieron sumir todas las hostias pues equivocadamente creían próxima la partida hacia Mallorca.

 

Sin mayores reservas paseaban por el jardín, no obstante el peligro de ser observados y denunciados. Les exhortaron a ser más cautos, pero respondieron que, si se presentaban los milicianos para llevarlos consigo, ni huirían, ni se defenderían.

 

Llegamos de este modo al fatídico jueves, día 23. No tardó en llegar un camión repleto de milicianos en busca de los religiosos. Primero registraron otra residencia contigua, Torre Vila. Los milicianos transpiraban  miedo por los poros y, temiendo encontrar resistencia, disparaban a mansalva. Obligaron a los que cuidaban del lugar a salir fuera. Incluso a uno de sus hijos que padecía vómitos de sangre y llegó a pedir que lo mataran con tal de acabar con sus dolencias y con los maltratos de que era objeto.

 

 

Descubiertos y fusilados

 

Los milicianos hicieron un cuidadoso registro de la vivienda tratando de encontrar a los religiosos. Revisaron todas las salas y destruyeron cuanto pudiera relacionarse con la fe, aunque no robaron nada. En vista del fracaso, pasaron a la Torre Alzina  para llevar a cabo sus propósitos sanguinarios.

 

Los paramilitares acordonaron el edificio. Tocaron a la puerta. La Sra. Cañellas quiso abrir ella personalmente. Un grupo de afiliados a la C.N.T. le preguntó si alojaba a tres sacerdotes. Respondió que sí, a lo cual la conminaron a que bajasen inmediatamente.

 

Los tres religiosos no vacilaron tratando de salvaguardar a la Sra. Cañellas. Se puso a la cabeza el P. Simón Reynés, le siguió el P. Miguel Pons y el Hno. Mayol. Luego también bajaron ambas señoras. Atravesaron un pequeño comedor y al llegar a un portal que daba al jardín, donde se encontraban los hombres de la C.N.T., fueron abundantemente tiroteados.

 

El P. Simón cayó en una esquina del jardín, de pronunciada pendiente. Los tiradores se ensañaron con él. Le desfiguraron totalmente el rostro. De ahí que posteriormente no le fotografiaran en el Policlínico como sí hicieron con sus dos compañeros y con tantos otros religiosos muertos en circunstancias semejantes. El P. Pons cayó asesinado sobre el mismo portal que daba al jardín. Por su parte, el Hno. Mayol recibió unos disparos en el estómago y se desplomó entre la cocina y el comedor.

 

Las dos señoras, horrorizadas, pudieron bajar hasta el jardín. Los milicianos les instaron, bajo amenaza de muerte, a guardar silencio sobre lo ocurrido. Todavía retumbaban las amenazas de los hombres armados en sus oídos cuando subieron a la primera planta y se abrazaron. Lentamente recobraron la serenidad. Bajaron de nuevo para observar el macabro espectáculo de los hombres fusilados. Percibieron signos de vida en el Hno. Mayol.

 

Otra vez se presentaron los milicianos. Prendieron inmediatamente a la señora Cañellas pretextando que debía ser interrogada. Observando que el Hno. Mayol todavía agonizaba, le remataron asestándole unos tiros en la cabeza. Bajo amenazas de muerte, y con el revólver en el pecho, la Sra. Roca tuvo que acompañar a los milicianos a cada una de las dependencias de la casa. Las registraron y destruyeron con saña cuanto se relacionara con la religión. Todo esto sucedía hacia las siete de la tarde. Cerca ya de las once llegó una ambulancia que recogió los cadáveres y los trasladó al Policlínico.

 

Simultáneamente a la tragedia que vivieron los Misioneros de los SS.CC. y quienes les acogieron heroicamente, otras escenas se desarrollaban en la ciudad convulsionada. El Hno. Pablo Noguera se había refugiado en la Torre Blanca. Su camino hacia el martirio sería más penoso. Lo acompañarían hacia el mismo diversas religiosas y la Sra. Prudencia Cañellas, la valiente mujer que había acogido a sus hermanos de Congregación.

 

A las Hnas. Franciscanas, anteriormente aludidas, una vez apresadas, las llevaron al Comité de la F.A.I. Fueron atormentadas y ultrajadas, según contó luego un sacerdote, joven estudiante en la época. Lo supo por los comentarios atendibles y repetidos que recogió en la barriada, donde vivía por entonces. Las Hnas. de la Compañía de Sta. Teresa de Jesús acabaron también en este lugar, tras ser apresadas a media mañana del día 23 mientras caminaban por Vallcarca. Las cuatro religiosas y el Hno. Pablo Noguera se encontraron, pues, reunidos en el mismo edificio en las últimas horas de sus vidas.

 

El Hno. Pablo estaba sumido en un intenso silencio. Las religiosas lo creyeron jesuita, al menos en un primer momento. Tenía las manos atadas a la espalda, su aspecto era muy joven, estuvo siempre con los ojos bajos y no dijo ni una palabra. Impactó a las Hnas. una tal actitud, contó luego Sor Joaquina Miguel.

 

El grupo de las cuatro religiosas y el Hno. Pablo tuvo que sufrir la rabia, el desprecio y el sadismo de los milicianos que los habían apresado. Al iniciarse la tarde del 23 de julio, los colocaron en el patio, en fila, diciéndoles que los iban a fusilar, mientras enarbolaban las armas. Las burlas y maltratos eran todavía más pesados para con el joven Pablo. Lo amenazaban con echarle por un barranco. El simulacro de ejecución se repitió a lo largo de varias horas. Las ametralladoras apuntaban a la cabeza, al pecho, al estómago.

 

Luego, en una habitación que hizo las veces de cárcel, colocaron juntas a las religiosas, y al Hno. Pablo un tanto distanciado. Las municiones que allá guardaban las lanzaban, de vez en cuando, a puñados, sobre la cara de los cinco cautivos. Seguían amenazando con disparar las ametralladoras y con golpes mortales en la cabeza. Todo ello en unas escenas que ilustran la poca dignidad mostrada por los guardianes de tan indefensos e inocuos presos. ¿Rezáis, eh? Pues como sigáis haciéndolo os meteremos la bayoneta por la boca. Ya estáis enteradas.

 

Al parecer llegaban órdenes contradictorias, una de ellas de que no había que fusilar al grupo. Se suspendió el simulacro y, por un momento, cristalizó un  hálito de esperanza. En un momento dado separaron a los presos y los llevaron a diversas casas cercanas. Al Hno. Pablo lo condujeron al Casal Català, bien custodiado.

 

 

Ametrallados en la oscuridad

 

Al anochecer un camión fue recogiendo al grupo anteriormente dispersado. Se reencontraron las dos Hnas. franciscanas, las religiosas de la Compañía de Sta. Teresa y el Hno. Pablo Noguera. Se agregó una nueva víctima: la Sra. Prudencia Cañellas, la viuda que había alojado a los Misioneros asesinados en su propia casa. El camión partió raudo, atravesando calles y zonas despobladas. Los milicianos paraban de vez en cuando y charlaban. Luego reemprendían la marcha. Lo cual angustiaba al máximo a los prisioneros.

 

El vehículo llegó a un descampado. Situaron al grupo en un recodo de la carretera que conduce al Tibidabo, llamado la Rebassada. Un entrante de la montaña hace las veces de paredón. Lugar propicio para aquellos asesinatos que requerían del silencio y las sombras.

 

Primero fue obligado a descender del camión el Hno. Pablo. Luego los demás. A las Hnas. Mercedes y Joaquina, de la Compañía de Sta. Teresa, junto con Sor Catalina, franciscana, las situaron en la cuneta que daba a la montaña. A Sor Micaela, también franciscana, a la Sra. Cañellas y al Hno. Pablo los pusieron igualmente en fila, y de espaldas a la carretera, pero en la otra cuneta. El pelotón de fusilamiento, cinco o seis hombres situados en medio, ametrallaron a los religiosos.

 

La Hna. Joaquina, que no había sido herida de muerte, al desplomarse tras la primera descarga fingiéndose muerta, atendió a su compañera. Tampoco Sor Catalina recibió impactos mortales del tiroteo. Aun cuando alguien acudió de nuevo al lugar con el propósito de rematar a las víctimas y darles el tiro de gracia, el hecho es que las Hnas. Joaquina y Catalina lograron abandonar el lugar con mucho esfuerzo y sufrimiento.

 

Sor Catalina fue a casa de una conocida a la que había atendido como enfermera. Pero, por las presiones de su marido y su hijo, ésta no le permitió la entrada, pues arriesgaba su vida y la de los suyos. Sí le ofreció algo de beber. La curó, le vendó las heridas y le proporcionó una silla en el jardín, donde pasó el resto de la noche. La Hna. comunicó la noticia de los fusilamientos y le dio a la señora una medalla que había recogido del pecho de Dña. Prudencia con el fin de hacerla llegar a su hermano. Luego la Señora contactó con un pariente miliciano que trabajaba en el Comité para que llevara a Sor Catalina al Hospital Clínico para curarla. De hecho la llevaron a la muerte.

 

Sor Joaquina se refugió en una casa de campesinos (masia) y luego pasó a Portugal gracias a las gestiones del cónsul de este país. Conservó en su cuerpo las múltiples cicatrices que le infligieron. Gracias a ella sabemos muchos de estos detalles.

 

 

Manuel Soler Palà, M.SS.CC.