Con el corazón en la mano (bloc msscc)

 

 

 

4 junio 2007

 

 

 

Hablar hoy de martirio y de santidad

Un Superior General de una congregación religiosa

 

 

 

 

 

Josep Amengual i Batle

Misioneros de los Sagrados Corazones

Madrid-Roma


 

 

Es Superior General desde 1993. Doctor en Teología y Licenciado en Historia de la Iglesia, ejerció la docencia durante veinte años, compaginando diez con la Vicaría de una Parroquia y trabajos en la Congregación.

 

 

 

En esta mañana me gustaría aportar algo que pudiéramos seguir comentando, puesto que toca las raíces de la santidad, que debería ser la causa de nuestra vida. De alguna manera la causa de los santos debería ocupar toda nuestra vida.

 

Me gustaría precisar que el título que nos han propuesto como orientación de nuestras reflexiones y de nuestro compartir es muy pertinente. La provocación ha de salir de la vida santa. Esto nos alejará de otras provocaciones posibles. Pueden darse casos en los cuales algún católico pueda sentirse provocado por determinadas realidades ambientales que considera anticristianas. Esta provocación no tiene qué ver con la que ahora queremos ir despertando.

 

Tampoco sería cristiana la incitación dirigida a grupos que se posicionan claramente contra determinadas formas de ver y de pensar de los cristianos. En otras religiones estas posturas provocadoras se dan, pero un cristiano no las podría justificar nunca, en nombre de quien se entregó libremente, cuando le buscaron. Jesús no fue al sanedrín ni al palacio de Herodes ni de Pilatos. Y bien sabía dónde estaban y qué se fraguaba allí. La iglesia primitiva se opuso firmemente a la provocación de la muerte en nombre de Cristo.

 

No sólo esto, provocar una agresión es moralmente un pecado grave. Provocar una muerte es más horrible aún. Hasta ha llegado a la Liturgia de las Horas un texto maravilloso de San Ireneo, ciertamente mártir, que resalta cómo Dios es glorificado por la vida de la persona humana.

 

Entenderemos mejor esta actitud si somos profundamente creyentes, y si vamos más allá de la defensa de unas doctrinas o de un modo de entender el cristianismo, reducido a una forma de organizar la sociedad con leyes confesionales. La causa de Cristo es más seria y profunda. Por esto no podemos elegir ser mártires o no. El martirio es un don de Dios. El martirio es la maduración de una vida de amor, y no de un entusiasmo desaforado. Es un testimonio que da el mártir, no un alegato que impone. Es una gracia, no un fruto de una presunción de la propia fe y de las propias fuerzas. Jesús recordó que en la prueba será el Espíritu que hablará por nosotros, no nosotros que crearemos nuestro propio discurso.

 

El martirio se vive en un clima de adoración, no de presunción. Surge en un ambiente de gracia y no como manifestación de la libre expresión.

 

Provocar, por tanto, en nuestro caso se entiende en términos de atracción, invitación, incitación, y no de exaltación airada de los sentimientos.

 

Como la santidad cristiana no la hemos inventado nosotros, conviene que sepamos de dónde viene, para que conozcamos su estilo posible en vistas a la provocación.

 

 

1. La santidad como don

 

Quisiera entrar en algo que ya se dijo anteriormente: ¿Es posible provocar desde la santidad? ¿Sirve de algo provocar?

 

Para responder a estos interrogantes, considero que deberíamos empezar por plantearnos algo básico: la santidad tiene una raíz antropológica en la Creación de Dios. Si la santidad no pudiera brotar desde la misma constitución humana tendríamos que preguntar ¿Quién debe ser santo? Y ¿Quién debe provocar la santidad? Hasta deberíamos preguntarnos qué sentido tuvieron las reflexiones de Pedro en casa del centurión Cornelio, cuando el Espíritu le mostró que Dios no hace acepción de personas, por lo cual le es agradable todo el que vive según su conciencia (Hch 10,34-35). Es una experiencia apostólica recogida por la constitución Lumen Gentium  del concilio Vaticano II, que da a la salvación es decir a la santidad un alcance que llega a toda la humani­dad.1  De aquí que la llamada universal a la santidad, recordada por el mismo concilio, no es un voluntarismo ni la pretensión de unos ilusos, sino que radica en el mismo proyecto de Dios.

 

El Creador hizo las cosas bien. Hasta el Génesis lo resalta, como si Dios se autoexaminara ante su obra. El varón y la mujer son la mejor obra de Dios. También desde el aspecto sexuado. La santidad es su destino. De aquí que nuestra reflexión alcanza una dimensión ecuménica, que afecta a la convivencia dentro de la iglesia. Este aspecto es nuevo entre nosotros; pero no podemos desaprovechar unas nuevas posibilidades, aunque nosotros a veces prefiramos que el desarrollo social camine por otras sendas. Nuestras parroquias pueden hacer un proyecto actualizado de pastoral, a partir de la colaboración con otras iglesias, y hasta con otras religiones en vistas a promover, a mostrar una santidad provocadora. La bondad sembrada por el Padre puede hermanarnos más que no las peleas, rencillas y complejos. Pablo mismo repite que la plenitud está en el Cristo, y en Rm 8, nos advierte que en toda la creación repercute esta plenitud.

 

La santidad transciende el mismo cristianismo, puesto que el Creador sembró bien y no mal. Volvamos a la comprobación de Pedro.

 

 

2. El poder de la Iglesia es el poder de su santidad

 

Entonces, la Iglesia emerge en medio de este espacio que posibilita la santidad con una oferta sacramental, significativa y con claros trazos comunitarios.

 

En este contexto, la santidad eclesialmente reconocida es siempre una llamada, que podemos entender como provocación, si usamos el lenguaje con el que se expresa la convocatoria de esta Mesa Redonda.

 

El testimonio de Pedro es una confirmación de que toda persona está abierta a la santidad. Por esto, la Iglesia llamando a la santidad, no se dirige al vacío, sino que tiene la seguridad de que Dios suscitará respuestas a su testimonio de palabra y de vida. Si hablamos de una provocación a la santidad, sabemos que toda persona tiene la capacidad de ser provocada a la santidad.

 

Nos provoca el Santo, y su manifestación corporal, que es su Cristo, porque podemos ser atraídos por él.2

 

De aquí surge una confianza eclesial en la obra de Dios. Pedro vuelve a ser el testimonio: "Ahora veo...". La santidad es don, no tanto logro humano. Evidentemente, el don si no se recibe no fructifica. Pero, en medio del pragmatismo de nuestros días, es decir, también nuestro, es más importante descubrir a Dios como provocador de la santidad, que no nosotros mismos. Pobres de nosotros, si fuéramos los principales actores. No somos pantallas interpuestas entre Dios y la humanidad.

 

Y por ahí va la historia de Jesús. Los Evangelios presentan su nacimiento como una atracción: id al pesebre; corrieron, etc. Son expresiones que orientan por dónde se mueve la santidad del Santo.

 

La autoridad de Jesús, tantas veces reconocida por la gente y los discípulos, no venía del templo, ni de la escuela, ni de una secta, sino de su riqueza interior. No en vano Lucas le presenta como lleno del Espíritu que le empuja al desierto y luego entra en la sinagoga, y anuncia que el profeta encuentra el cumplimiento en Él.

 

La fuerza atractiva de Jesús, su provocación, se encuentra en cada llamada al discipulado. Su palabra y sus obras causan admiración en las multitudes. La secuencia de palabras y hechos de Jesús que presenta el evangelista Mateo acaban con expresiones de admiración que salían de multitudes que no eran cristianas.

 

De aquí que, como ya lo advirtió en tiempos modernos el cardenal J. Newman, la santidad es la característica más poderosa de la Iglesia.3

 

Si nos preguntamos por qué razones la sociedad del Imperio Romano fue ingresando en una religión perseguida, la respuesta será ésta: la Iglesia presentaba a Cristo, como respuesta nueva al mundo. La Iglesia, en tres siglos, desde la insignificancia llegó a implantarse, en unas circunstancias hostiles, que hasta a veces condujeron a la sangre. Su poder estaba en la novedad de Cristo. Su humildad, es decir, su humanidad, su cercanía.

 

 

3. La santidad como carisma para el mundo de hoy

 

La santidad es un bien frágil. Frágil porque depende de una acogida libre. Su productividad no puede ser cuantificada. Su atracción no es compatible con una mentalidad inmediatista. La santidad no es un logro de un día.

 

Pero este bien es para nuestra humanidad. Dios sigue amándola, no solamente porque no hay otra, sino porque es su obra. Y Dios quiere consumar lo que empezó.

 

La santidad hoy será frágil, porque puede expresarse en formas inteligibles, pero que dejan libre a la persona. Posiblemente hoy tengamos que vivir más según el modelo de Lc 5,36, que invita a "ser misericordiosos, como el Padre es misericordioso", que es el equivalente de Mt 5,48, "sed perfectos, como el Padre es perfecto". La correspondencia es clara, y hasta el mismo Mt 5,45, nos recuerda cómo el Padre hace salir el sol sobre justos y pecadores.

 

El mensaje de la misericordia, en una sociedad crispada puede ser una alternativa que pueda ofrecer la Iglesia. Ahora bien, trabajar a partir de la misericordia nos parece poco productivo. Además, preferimos pasar por cualquier ignominia menos por la de parecer tontos. Pero quizá en esto deberemos romper como la valoración social de muchas actitudes y de muchas capacidades. La capacidad de ser misericordiosos como el Padre puede ser una provocación máxima.

 

En el ritmo litúrgico de estas semanas, nos encontramos con una oración sorprendente, en el domingo 26 del tiempo ordinario. En ella reconocemos que la gran demostración del poder de Dios es su misericordia. Esto no lo podemos decir de nadie más. Es un camino histórico que nadie más quiere recorrer. Ir de misericordioso en un mundo tan competitivo no tiene rentabilidad alguna. Es la productividad de la vida según el Espíritu. Espíritu que es aliento, que es viento, que es impulso. Pero frágil.

 

En una época histórica en la que van desapareciendo los soportes políticos y sociales para la Iglesia, nuestra alternativa no proviene de los poderes de este mundo. La alternativa cristiana siempre emana del Evangelio. A veces uno tiene la sensación de que vamos disminuyendo en número y poder. Pasamos por pruebas de relegación social. Hasta hay quienes apuntan a que la Iglesia pasa por una prueba de persecución. En esta situación la provocación a la santidad pasa por la misericordia, y también por un cierto toque de realismo. Hablar de persecución, cuando nos hemos reunido cien personas sin ningún obstáculo ni control, sería hiperbólico. Si la Iglesia en todas sus manifestaciones puede organizarse libremente, disfrutar de medios de evangelización que van desde la sala, el librito, el audiovisual, la televisión, y además ciertas actividades reciben dineros públicos, será difícil que hallemos un diccionario que nos asegure que esto entra en una persecución. Bien otra fue la situación de los que padecieron, y hoy vamos viendo que son reconocidos como mártires, no porque gritaron y provocaron, sino porque murieron misericordiosamente, perdonando.

 

En este sentido, nuestras causas de canonización pueden ofrecer un testimonio inapreciable a nuestra sociedad. En estas personas fieles a Jesucristo hasta el extremo, sea por la fidelidad cotidiana, sea por el martirio, brilla la bondad, la solidaridad, la fraternidad. Por esto, en la publicidad que hacemos de su virtud, podemos destacar el valor de sus vidas como modelos de santidad, de una santidad que sirve también para que seamos personas de nuestro mundo, que amamos nuestro mundo, como obra de Dios y como casa de la humanidad.

 

Para acelerar procesos, podemos caer en la tentación de cultivar en exclusiva el valor intercesor de los siervos de Dios. Es un escollo que hemos de evitar. Es bien cierto que en determinados momentos de las causas de canonización aquello que se pide, es un milagro. Entonces podemos caer en una propaganda de baja calidad espiritual, favoreciendo el curacionismo, la propensión a buscar gracias de una forma un poco automática, como si dictáramos a Dios lo que ha de hacer, etc.

 

Pero si somos personas con espíritu evangélico, con capacidad de discernir los signos de los tiempos, apostaremos por un servicio de la santidad a más largo plazo. No nos deslumbraremos con nuestra causa, sino con la causa de Cristo. Entonces, retornaremos al modelo de la santidad misericordiosa. En él está la alternativa provocadora de la Iglesia. Es decir, la alternativa de nuestra santidad, de la de los otros. Es una provocación muy frágil; pero es la única posible y querida por Dios.

 

En nuestro mundo secularizado el testimonio misericordioso conserva todo su vigor y es perfectamente inteligible. Otros modelos de santidad reconocidos por la Iglesia pueden ser hoy menos perceptibles o hasta resulten extraños. Cada época tiene sus valores y sus antivalores. Pero la misericordia permanece.

 

(Pp. 301-309)

 


 

1 Me permito remitirme a algo que escribí en AMENGUAL I BATLE, J., L'Església com a Poble de Déu. Notes d'Eclesiologia, (Lucus 5), Mallorca 1993, pp. 177-179.

 

2 AMENGUAL I BATLE, J., La atracción del Padre y la fe en Cristo, Ed. Mensajero, Bilbao 1973 y en "Una iglesia reunida por la pastoral de la atracción", en ORTEGA, J. L. (ed.) Y la Iglesia también. Elogio de la BAC a la Iglesia en tiempos de inclemencia, BAC 2000. 37 Madrid 2002, pp. 37-38.

 

3 Ibid., pp. 242-267; NEWMAN, J. H., The Via Media, II, ed. MOZLEY, A., Letters and Correspondence of John Henry Newman During his Life in English Church, London 1903, p. 422; LATOURELLE, R., Cristo y la Iglesia signos de Salvación, Salamanca 1971, pp. 25-27, 329-369.

 

 

 

 

Editado por Mª Encarnación González Rodríguez